EL MAL DE AMOR


7 de septiembre

Me llamo Vincent. Empiezo este diario siguiendo la recomendación de mi psicóloga, la señora Morel. Dice que escribir me ayudará a ordenar lo que siento, aunque dudo que existan palabras capaces de describir el desgarro que me atraviesa el corazón desde que la perdí. Nunca me ha interesado escribir, y la lectura tampoco ha ejercido gran atractivo en mí, pero ahora haré el esfuerzo de registrar mi día a día. Cómo me siento, cómo sobrevivo. Quizá estas líneas me sirvan, como dice la señora Morel, para mitigar al menos una parte de mi dolor. Desde que reuní el valor para regresar al cementerio, tras seis largos meses de un dolor incesante, siento que algo dentro de mí se ha roto definitivamente.

Mi amada Sophie descansa en el cementerio de Montparnasse, junto a personajes ilustres de otros tiempos. Fue decisión de mis suegros, al igual que todo lo referente al funeral. Poseen una gran fortuna e influencia en París. Pudieron enterrarla allí, y en mi desgracia, fui apenas un invitado. Al menos accedieron a grabar sobre la fría piedra gris de su lápida la silueta de una pareja de petirrojos, su pájaro preferido. Sophie amaba a los pájaros. Quizás su alma voló como ellos, y ahora me observa desde algún lugar en las alturas, mientras yo permanezco aquí abajo, aferrado a una vida que ha perdido todo sentido, hundido en un vacío que nada ni nadie puede llenar. La inscripción «Nunca te olvidaremos. Siempre te amaremos», fue idea de mis suegros: palabras vacías, clichés incapaces de expresar lo que ella realmente fue: una diosa caminando entre mortales.

9 de septiembre

Desde que volví al cementerio, hay algo en mí que no acaba de asentarse. Hoy me he despertado con una opresión en el pecho, como nunca había sentido. Noto que tengo un poco de fiebre y me cuesta respirar, como si algo lo impidiera. No sé si es la tristeza en aumento, quizá sea melancolía. No me gusta esta sensación. Si continúa, tendré que ir al médico.

He salido a caminar sin rumbo, evitando el metro y las aglomeraciones. He acabado entrando en un parque. Allí, el canto de los pájaros ha sido un pequeño alivio. Un petirrojo se ha acercado a mí unos instantes: hermoso, confiado, vivaz. ¡Cómo le gustaban los petirrojos a mi Sophie! «Son unos pájaros encantadores y preciosos», repetía siempre.

He sentido que el mundo seguía ajeno a mí, como si yo fuese solo una sombra espectral vagando errante bajo el sol de otoño. Sin ella, sin su presencia, sin su amor, nada tiene ya sentido. Incluso aquel pequeño pájaro parecía indiferente, sin importarle que yo estuviera allí.

Hoy vuelvo a tener sesión con la señora Morel. Repasaremos lo que he escrito hasta ahora en este diario. Mis suegros pagan las sesiones. Supongo que así se aseguran de que asista y no intente hacer ninguna locura.

15 de septiembre

Llevo unos días sin escribir en este diario. Después de la sesión con la señora Morel, me sentí algo mejor. Fue una de esas veces en que hablar, aunque duela, aporta un pequeño alivio. Pero esta mañana ha pasado algo inquietante. Al entrar en el dormitorio, a mediodía, vi que la puerta del vestidor estaba abierta. No recuerdo haberla dejado así por la mañana. La mujer de la limpieza no debería haber entrado en esa parte de la casa. Lo tiene prohibido.

Lo más desconcertante fue encontrar uno de los vestidos de Sophie, tirado en el suelo, en medio del vestidor. No era un vestido cualquiera: era su favorito. Llamativo, de vivos colores, lo conservó después de llevarlo en una pasarela. Ella era modelo. Trabajaba para la firma de sus padres. Una mujer imponente, Afrodita renacida. Su cuerpo rozaba la perfección. Su rostro, casi angelical, estaba enmarcado por aquella cabellera larga de color bronce oscuro. Tenía una dulzura en la voz que incluso los pájaros dejaban de cantar para escucharla con devoción; aquellos ojos azules, de la profundidad de cielos nunca vistos por ojo humano. Aquella forma de mirar. Sus labios. Su sonrisa perfecta. Capaz de arrancarle una sonrisa incluso al hombre más desdichado, si llegaba a verla.

La conocí cuando mi compañía comenzó a suministrar telas a la firma de su familia. Yo era el nuevo comercial, quería comerme el mundo, prosperar, ser alguien. Y, en efecto, prosperé. Es fácil cuando entras en el círculo de una de las familias más influyentes de París.

Pero el vestido… no entiendo cómo terminó allí, tirado en el suelo. No tiene ningún sentido. Pasado mañana preguntaré a la mujer de la limpieza si entró allí por algún motivo. Espero que me sea sincera o la descubriré, y entonces no me quedará más remedio que buscarme otra.

17 de septiembre

He hablado con la mujer de la limpieza. Le he preguntado sin rodeos si había entrado en el vestidor, si había tocado algo. Me ha mirado sorprendida, casi ofendida. Ha dicho que no entra allí desde que Sophie murió. Que no se atrevería sin mi permiso. Ha insistido varias veces. La he observado mientras se explicaba, atento a cada expresión de su rostro. Sus ojos no engañaban. Decía la verdad.

Entonces… ¿cómo se abrió la puerta del vestidor? ¿Y el vestido? Intento no darle más vueltas. No quiero parecer paranoico. Podría correr el rumor entre los vecinos de que estoy perdiendo la razón. Mejor olvidar el asunto. No merece la pena seguir dándole vueltas.

19 de septiembre

Ha vuelto a pasar algo extraño. La pasada noche, mientras intentaba dormir, oí un ruido en la habitación contigua, como si algo cayera al suelo, con un golpe seco. Me levanté y, al encender la luz, lo vi enseguida: la figurita de porcelana, ese cisne blanco que a Sophie le gustaba tanto, yacía en el suelo, roto en tres partes, al pie de la mesita redonda junto a la ventana. Estaba cerrada. No podía haber sido una corriente de aire.

No comprendo cómo ha podido caerse sola. Tampoco es posible que haya sido un gato. Aunque vivo en un ático, todas las puertas y ventanas estaban cerradas. No entiendo nada. Y, sin embargo, desde hace días tengo una sensación extraña. Una inquietud que va en aumento. Es como si alguien me observara cuando camino por la calle, desayuno en una cafetería o como en un restaurante. ¿Me estaré volviendo loco?

Tengo que decírselo a la señora Morel: lo del vestido, la figurita, esa presencia que he empezado a notar, que me sigue. ¿Pensará que estoy perdiendo la razón? ¿Ha afectado tanto a mi cordura la pérdida de Sophie?

21 de septiembre

Hoy he tenido de nuevo sesión con la señora Morel. Le he explicado todo: lo del vestido, la figurita del cisne, esa sensación persistente de que algo que no puedo ver me está acechando allí donde vaya. Una presencia invisible, siempre a unos pasos detrás de mí, muda, intangible, insistente. Incluso creo haberla sentido en la misma consulta. ¿Qué puede ser? ¿Algo que se alimenta de mi atormentada vida?

La señora Morel ha tomado muchas notas mientras hablaba. No me ha interrumpido. Cuando he terminado, me ha mirado con atención y ha preguntado cómo me siento. He respondido que cansado, que hace días que duermo poco y mal, y que tengo sueños extraños sobre paseos en el cementerio de Montparnasse. Alguien sigue mis pasos, oigo los suyos sobre las hojas secas, pero me giro y no hay nadie, solo esa inquietante presencia.

Le he explicado que, en ciertos momentos, siento una especie de miedo infundado, aunque no sabría decir a qué se debe. Lo cierto es que no sé a qué debo tener miedo. ¿A un fantasma? ¿A un ente de otra dimensión? ¿Puede ser Sophie quien ha venido a seguir mis pasos? Ojalá fuera ella, aunque tiene una forma bien extraña de manifestarse, tirando al suelo su vestido favorito y rompiendo la figurilla que tanto le gustaba. Nunca he creído en espíritus del más allá; siempre lo consideré contrario a mi razón, pero ahora no estoy tan seguro.

Antes de terminar la sesión, me ha recomendado que lea un libro. Dice que podría serme útil, que me ayudará a entender mejor lo que me está ocurriendo. Es un libro de autoayuda para duelos de todo tipo: pérdidas, rupturas sentimentales. Me ha dicho que puedo encontrarlo fácilmente, que lo tienen en la mayoría de las librerías.

23 de septiembre

Hoy me he decidido a ir a una librería. Está aquí, en el vecindario, cerca de casa. Me ha sucedido algo inquietante, algo que podría ser mera casualidad, pero ya no sé qué pensar después de todo lo que me está pasando. Estaba buscando la estantería de los libros de autoayuda cuando, de pronto, escuché caer algo al suelo detrás de mí. Me giré y vi que era un libro. Había quedado abierto boca abajo, con las páginas extendidas sobre las baldosas y el lomo hacia arriba.

Me agaché para recogerlo y, al sostenerlo, me quedé helado. En la página de la derecha podía leerse el título: La muerta. Miré la cubierta: era una recopilación de relatos de un tal Guy de Maupassant. En la contratapa, una nota breve explicaba que fue autor de numerosos relatos fantásticos, góticos y algunos de horror. Cerré el libro con cuidado y lo devolví al estante. No quise pensar más en aquella desafortunada coincidencia. Si de verdad fue ese ser que me persigue y me oprime el alma, me parece una broma de mal gusto por su parte. Tiene que ser una simple casualidad. Luego proseguí hasta dar con el libro de autoayuda que necesitaba.

La librera era joven, de edad similar a la mía, unos treinta y pocos años, bien parecida. Fue muy amable conmigo, tal vez demasiado. Noté en su mirada que tenía cierto interés por mí. Me comentó que había elegido bien, y añadió que era un libro muy útil para superar una ruptura de pareja, como si intentara averiguar si ese era mi caso. Le respondí con cierta incomodidad, bastante seco, que se trataba de una pérdida de un ser muy querido. Ella se quedó sin saber qué decir y se disculpó.0

25 de septiembre

He terminado de leer el libro de autoayuda. La verdad, me ha servido de poco. No me ha ayudado a comprender lo que me pasa, si puedo tener alucinaciones o qué es esa cosa que me persigue y tira cosas al suelo. ¿Qué querrá de mí? ¿Me quiere asustar? ¿Puede ser realmente un fantasma? ¿Un espíritu del más allá?

Esta tarde he quedado con mi amiga Juliette en una cafetería. Me ha hecho muy bien hablar con ella. Es una gran amiga, tan buena conmigo. Le he contado los extraños sucesos de los últimos días. Me ha escuchado con atención y me ha dicho que podría tratarse de un espíritu atormentado, tal vez Sophie, intentando comunicarse conmigo para decirme algo. Pero tampoco le encaja mucho que sea ella, por lo del cisne y el libro de relatos. Le he dicho que no creía en esas cosas, pero que estoy empezando a contemplar la posibilidad de que, quizá, sí exista algo paranormal.

Me ha propuesto que, si quiero, puede buscar a una médium. En París hay algunas muy reconocidas. Me ha dicho que puede concertarme una visita con una de ellas. Le he dado las gracias, pero por ahora le he dicho que no. Juliette se preocupa mucho por mí. Es un cielo.

27 de septiembre

Hoy ha vuelto a suceder. Ya no puedo creer en casualidades. Hay alguien o algo adherido a mí, como una sombra indeseada. A raíz de la conversación con Juliette, decidí, algo contrariado y avergonzado, ir a una biblioteca pública, la más cercana a casa. Nunca había entrado antes. Fui a buscar información sobre fenómenos paranormales, fantasmas, en lo que siempre me había negado a creer. En uno de los ordenadores de consulta, escribí unas palabras clave: «entes paranormales», «comunicación con espíritus», «médiums». Aparecieron varias entradas. Hice una foto con el teléfono para tener las referencias a mano y buscarlas después entre las estanterías.

Mientras caminaba por los pasillos, buscando el primer título, escuché un ruido detrás de mí. Me giré. Otra vez: otro libro en el suelo. Me acerqué y me quedé paralizado. Era el mismo libro de Guy de Maupassant. ¿Qué probabilidades había de que sucediera eso otra vez? ¿Una entre un millón, entre diez millones? De nuevo, aquel libro maldito había quedado abierto, con las tapas hacia arriba, como si alguien lo hubiera dejado caer a propósito. Me acerqué lentamente, con una inquietud que me tensaba el cuerpo, y un sudor frío en la frente.

Vi que, desde una mesa cercana, una mujer me observaba con curiosidad. Intenté no darle importancia. Me agaché y levanté el libro. Había quedado abierto por el principio de un relato titulado El Horla. Esta vez no era La muerta, sino otro distinto. Aun así, algo que todavía no comprendo me empujó a llevármelo a una mesa y empezar a leerlo.

Al principio no encontré nada fuera de lo normal, salvo una prosa algo antigua, con frases extensas y metáforas densas. Pero, a medida que avanzaba, una inquietud creciente se apoderaba de mí. La historia contaba cómo un hombre, tras una enfermedad, comenzaba a sentir la presencia de algo invisible a su alrededor. Algo que lo observa, que lo acecha. Aquello me inquietó profundamente. Era, precisamente, lo que me estaba sucediendo a mí.

Con cierto temor por lo que pudiera descubrir, me armé de valor y tomé el libro en préstamo. Lo tengo aquí conmigo. Quiero terminar de leer El Horla, aunque no estoy seguro de si será bueno para mí hacerlo. Luego se me ocurrió buscar en internet la biografía de Guy de Maupassant. Me quedé sin aliento. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Aquel escritor está enterrado en el cementerio de Montparnasse, en la división 26, el mismo sector donde descansa mi Sophie. Podría haber pasado junto a su tumba y no haberme dado cuenta.

Eso no ha sido lo único que me ha alterado. Hay algo mucho peor, algo que me dejó con mal cuerpo durante un buen rato. Maupassant fue internado en una institución mental tras años de deterioro provocado por la sífilis que contrajo de joven. La enfermedad afectó gravemente sus facultades mentales; en sus últimos años comenzó a sufrir alucinaciones y paranoia. Incluso intentó suicidarse… y acabó sus días encerrado. Fue precisamente en esa etapa, poco antes del internamiento, cuando escribió El Horla.

CONTINÚA CON ESTA HISTORIA...

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